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El proceso debe continuar

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Ha sido un lunes amargo, triste, oscuro, denso, decepcionante. Por otro lado, la mayoría de lunes es así. La vida cotidiana es, más allá de pequeñas y efímeras excepciones, una serie de hechos encadenados cuya previsibilidad es, casi siempre, una buena noticia. Los peruanos estábamos empezando a acostumbrarnos a ganar, pero la realidad, como cada tanto, nos ha devuelto -de un tirón y sin pedir permiso- al lugar que, como selección de fútbol, hemos ocupado en el último medio siglo.

Nos hemos confundido, eso es lo que pasa, y es normal: habituados a la derrota, incluso a la humillación, probamos con los labios y la punta de la lengua la dulzura del triunfo, y pensamos que, por qué no, podía volverse algo nuestro. Por eso, también era predecible que, ante el primer tropiezo mayúsculo -y perder contra Australia lo es; que no quepan dudas- empezaran a surgir las voces que piden una revolución.

Pasó cuando Cueva falló ese penal ante Dinamarca y Perú se fue eliminado de Rusia. Ya era hora de dar un paso al costado, le pedían a Ricardo Gareca. Habíamos fracasado. Para nuestra suerte, el técnico que revivió al cadáver que era la selección peruana decidió confiar. En sí mismo, sí, pero sobre todo en sus jugadores: en los mismos -o casi los mismos- que habían llegado a Rusia, y que luego llegarían a una final de Copa América 44 años después.

Los que pedían su salida terminaron celebrando su permanencia: es natural que, luego de la euforia depresiva de la derrota, se pidan cambios drásticos; pero más usual es despertar al día siguiente preguntándonos si quizás no fuimos demasiado impulsivos. Gareca se quedó y, gracias a eso, Perú siguió codéandose con la élite.

Gareca y sus jugadores sortearon: una pandemia, por lo menos tres crisis políticas de niveles apocalípticos, cuatro derrotas consecutivas en Eliminatorias, la obligación de reemplazar a dos de los mejores delanteros de nuestra historia -Farfán y Guerrero, héroes de más de una generación-... Y lo hicieron con creces.

Gareca y sus jugadores terminaron quintos, en dos ediciones consecutivas, en el campeonato de selecciones más competitivo del mundo. Dejaron fuera del mundial, en el lapso de ocho larguísimos años, a Chile y a Ecuador; y a Colombia y Chile, en dos eliminatorias seguidas. Jugaron una final de Copa América. Estuvieron a 120 minutos de ir a un mundial por segunda vez consecutiva luego de 40 años. Perdieron por penales.

No aconsejamos aquí vivir del pasado ni ensalzar el ayer como los señores que le tienen miedo al cambio. Para nada: Perú, su fútbol, su selección, su estructura deportiva, tienen que cambiar drásticamente. Pero quien no tiene que irse es Ricardo Gareca. En un país en el que la sensatez es un bien escaso, el técnico argentino ha demostrado tener lo que necesitamos: cabeza fría, amor propio, inteligencia, pragmatismo y, sobre todo, confianza. Sería una pena que el ‘Tigre’ se fuera, aunque, por supuesto, nada podríamos reclamarle: nos ha revivido, nos ha acompañado, nos ha hecho soñar. Es el único que lo ha hecho en casi medio siglo de fútbol. Ojalá, de corazón, que no se vaya.

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