Lima, entre el escepticismo y el alarmismo

Los rumores ya no son rumores y las noticias falsas ya no son tan falsas. Italia, de pronto, ya no queda tan lejos, y China está a la vuelta de la esquina. La vida en Lima está dando un giro, pero todavía no ha terminado de producirse. Lima está entrando en una esquina y no sabe qué se encontrará al doblar. La incertidumbre es el caldo de cultivo perfecto para dos males actuales: el escepticismo o el alarmismo.

Desde que, ayer, el presidente Martín Vizcarra anunciara algunas medidas para prevenir la expansión del coronavirus, la capital, siempre tan fracturada, dividida, asimétrica, ha mostrado sus dos caras. O dos de sus mil rostros, más bien. Por un lado, en los distritos más pudientes -San Isidro, Miraflores, Chacarilla, Barranco-, limeñas y limeños han abarrotado los supermercados, comprando cantidades inútiles de papel higiénico, latas de atún para alimentar a un ejército durante meses y botellas de aceite como para freír todas las papas del mundo.

Es curioso cómo, poseídas por el miedo, algunas personas no tienen la capacidad de pensar en los demás: si yo me compro cien jabones, a mí me sobrarán 99 y otros 99 ciudadanos no podrán lavarse las manos. Es natural, por cierto, que los padres quieran proteger a sus hijos y los abuelos, a sus nietos, pero lo que no es moralmente aceptable es que lo hagan en desmedro de la salud pública. Eso bordea el delito y fomenta la anomia.

La otra cara de Lima es la de la ciudad que sigue avanzando a pesar de las noticias que llegan de Europa y Norteamérica. La gente sigue su vida en un país en el que el 70% de los trabajadores son informales: no tienen vacaciones, seguro de salud ni compensación por horas extra. Millones de personas que no pueden darse el lujo de desabastecer los supermercados, que tienen que seguir yendo a trabajar para vivir, muchas veces en paupérrimas condiciones laborales. El problema social que supondrá una muy probable orden de cuarentena será difícil de manejar aquí.

Por el momento, todas las Limas esperan, a su manera, el desenlace de la pandemia. El Estado deberá ponerse fuerte y prohibir los saqueos legales de los supermercados. También deberá, como lo está haciendo ya, esforzarse por transmitir tanta tranquilidad como sentido de la responsabilidad. Encontrar el equilibrio entre el alarmismo y el escepticismo es la tarea. Por el momento, reina la incertidumbre.