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LIMA 2019

La herencia de Lima 2019

La sociedad limeña no debe desaprovechar esta oportunidad histórica que se presenta después de unos fantásticos Juegos Panamericanos.

La herencia de Lima 2019
Enrique Cuneo Enriqe Cuneo / Lima 2019

"Estos han sido los mejores Juegos Panamericanos de la historia". Esas fueron las palabras de Neven Ilic, presidente de Panam Sports, en la ceremonia de clausura de Lima 2019. Miles de limeños, apostados en las tribunas del Estadio Nacional, aplaudieron a rabiar, con la emoción a flor de piel, orgullosos, como casi nunca, de ser quienes son y de haber nacido en el lugar en el que nacieron.

Verán: vivir en Lima en el año 2019 no es nada fácil. Se trata de una de las ciudades con peor transporte público de todo el mundo, con un tráfico desordenado, caótico, y violento, y con autoridades que han hecho casi nada por solucionar sus infinitos problemas. Lima es, además y sobre todo, la capital del Perú, un país cuyos últimos cinco presidentes están presos y/o prófugos de la justicia, y cuya ciudadanía vive -o sobrevive, en su mayoría- entre la desconfianza y la desazón.

En ese sentido, estos Juegos Panamericanos han sido una bocanada de aire fresco y de ilusión. Lima se ha unido alrededor de una serie de deportes que nunca había visto de cerca, ha recibido a delegaciones de países que no sabía que existían, y ha aprovechado todo eso para ser feliz. La ciudad es de quien la ocupa, las calles son de quienes las pisan y los estadios son para quienes los disfrutan. Ese ha sido un poco el mensaje de Lima 2019: esta ciudad es de ustedes y para ustedes. Aprovéchenla.

La sociedad limeña -fracturada, muchas veces pacata, y en perpetua efervescencia- tiene una oportunidad histórica de cambiar para siempre. Gracias a estos Juegos, una generación de niñas y niños ha aprendido que el rugby es un deporte, que la gimnasia es un arte, que se puede ser feliz haciendo judo y que no hay mejor sensación que la de cantar tu himno después de ganar una maratón. Ha aprendido que se puede ser venezolana y dejar la piel por el Perú; que se puede tener 51 años y conseguir una medalla de oro; que remar y remar y coger una ola es un estilo de vida. Y que esa vida la tienen frente a sus narices.

Sería un pecado que estos Panamericanos solo fueran un hermoso recuerdo. La ciudadanía debe exigirle a las autoridades correspondientes -federaciones, municipalidades, gobiernos locales- que esa magnífica infraestructura se mantenga y, sobre todo, que sea para todas y todos. Si es que el estadio de Villa María del Triunfo o el polidepertivo del Callao terminan convirtiéndose, como tantas veces ha sucedido, en inmensos elefantes blancos, la sociedad limeña habrá fracasado.

En esos hermosos recintos deben practicar todo tipo de deportes los niños durante todos los días de la semana. Se deben empezar a formar ya mismo selecciones de rugby, de nado sincronizado, de baloncesto, de waterpolo, redescubrir el boxeo, la paleta frontón, el squash: la vieja excusa de la falta de infraestructura ahora es solo eso, una excusa. Se debe aprovechar que Perú es una potencia del tiro y utilizar el Polígono de Las Palmas, y que la costa de Lima tiene, ahora, el segundo mejor centro de alto rendimiento de surf de todo el mundo, frente a algunas de las mejores olas del planeta.

Es evidente que los problemas más profundos y estructurales de la gran capital seguirán existiendo y sus soluciones dependen de una infinidad de factores. Pero estas oportunidades no se presentan dos veces. El deporte puede mejorar el mundo -eso está demostrado- y Lima debe convertirse en el mejor ejemplo de esa premisa. Es una herencia tan pesada como esperanzadora. No podemos desperdiciarla.