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Si algún peruano dijera que, allá por el 2015, cuando se anunció a Ricardo Gareca como director técnico de la selección, se imaginó todo lo que terminó pasando, estaría mintiendo. Nadie lo creía así: los hinchas, por el contrario, estábamos acostumbrados a la derrota, a la humillación, a los procesos interrumpidos antes de tiempo, a pelear por no ser los últimos del continente.

Gareca llegó para reemplazar a Sergio Markarián, quien había logrado sembrar, por lo menos durante una breve etapa, la semilla de la ilusión: ese tercer puesto en la Copa América del 2011 prometió algo que nunca se cumplió, pero sí demostró que, aunque escaso, había material humano para tentar algo más.

Ya en el 2015, poco después de firmar su contrato, el ‘Tigre’ hizo algunos cambios importantes: prescindió de algunos de los pesos pesados y decidió reconstruir el proyecto. No desde cero, pero prácticamente. Les dio confianza a futbolistas que no la tenían, y comenzó a ilusionar a un pueblo desconectado de su selección.

Siete años después, Gareca se va luego de unos logros inimaginables. En el 2018, Perú clasificó a un Mundial después de 36 años. En el 2019, cuando parecía que había tocado su techo al llegar a Rusia, la selección jugó una final de Copa América luego de 44 años, tras golear a Chile en la semifinal, en el que seguramente será el partido más recordado y celebrado para una generación entera. Para mí, en todo caso, ha sido uno de los encuentros que más recordaré por siempre.

También logró Gareca jugar un segundo repechaje consecutivo, lo que implica haber quedado quinto dos veces al hilo en uno de los torneos de fútbol más competitivos del mundo. Por encima de Chile y Colombia, dos potencias continentales, y luchando, hasta el final, por el cuarto puesto con Uruguay, otra superpotencia.

Luego llegaron Australia, los penales, el arquero bailarín: una noche oscura que nunca olvidaremos, pero que nunca hubiéramos siquiera imaginado vivir hace algunos años. Gareca, sus futbolistas, sus ideas, su sencillez, su compromiso con el país, nos hicieron soñar. Eso no tiene precio. El ‘Tigre’ está en la historia grande del fútbol peruano. Se va del país posiblemente como el personaje público más respetado y querido del último par de décadas, y se lo ha ganado.

Desde este espacio, queremos agradecerle por todo lo que nos ha dado: por la ilusión, por el privilegio de haber podido cantar el himno peruano en un Mundial y por darnos alegrías en tiempos francamente deprimentes.

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